Tiempo antes de decantarse por la escultura, Eduardo Chillida inició la carrera de Arquitectura. Cuando pensó en abandonarla y marcharse a París, le dijo a Pilar Belzunce: «Si tú me sigues…». Con ese condicional entre una pareja de enamorados quedó sellado el pacto del que nacería un tándem indestructible.

A través de Una vida para el arte, Susana Chillida rinde a los dos un vívido reconocimiento en el que repasa la trayectoria profesional de su padre al tiempo que teje unas memorias familiares. Las obras públicas –como El peine del viento o Elogio del horizonte–, las lurras, los anagramas, los aforismos, las gravitaciones, los collages… Por sus páginas desfilan todas las creaciones de Chillida, al tiempo que se pone en valor la relevancia de la figura de Pilar Belzunce, una mujer adelantada a su tiempo. Ese recorrido se enriquece con anécdotas personales y familiares, recuerdos alegres y otros dolorosos, además de fotografías. También con reflexiones sobre qué significa ser artista y ser hija de un artista pues, como confiesa la autora, «las esculturas de mi padre son para mí como otras hermanas».

– ¿Se hace obligado preguntarle de qué forma incide Pilar Belzunce en la obra de Eduardo Chillida?

Lo tengo claro: directamente en que fuera posible. Todo lo que tiene que ver con su obra la tuvo a ella como colaboradora. Desde la necesidad de un estudio —ella se ocupó de buscar el lugar, pagar a quienes lo construyeron, etc.— hasta la logística de su día a día: la casa, los viajes, incluso la persona que llevaba la cartera, porque mi padre no la usaba. No le hacía falta, porque estaba ella.

La dedicación de mi madre al arte era muy distinta a la de él, pero igualmente sacrificada. De hecho, renunció a muchos momentos con sus ocho hijos por ser «el pilar» de Eduardo como hombre y como artista. Desde 1950, todo lo económico y social, la agenda de exposiciones, los viajes —siempre junto a él—, el trato con galeristas, transportistas y proveedores, los pagos, los cobros… corrían de su cuenta. Al igual que la emoción de compartir diariamente lo que de las manos de su esposo iba saliendo para el mundo. Hiciera lo que hiciera, Pili sabía que Eduardo no le iba a defraudar y apostó por él.

– ¿Cuál ha sido su objetivo principal al escribir Una vida para el arte?

Este libro completa todo el trabajo previo que había hecho sobre mi padre y su obra. Es el final de un largo proceso que empezó con un encargo audiovisual en 1992. Entre los muchos descubrimientos que he encontrado en este camino por la memoria personal, familiar y artística, quizás el más importante ha sido la necesidad de incluir a mi madre en pleno derecho junto a él. Fueron una pareja de amantes del arte, un verdadero tándem. Imposible concebir al uno sin el otro.

Desde muy joven, la vida me hizo entender que mi padre era alguien especial para mucha gente. Lo curioso es que poco a poco fui comprendiendo que su importancia venía por las esculturas que hacía; del hombre sabían poco. Por eso, aunque en mi primer trabajo se trataba de documentar con la cámara el proceso de realización de una obra suya, incluí entonces sus pensamientos sobre el arte y su trabajo. Los aspectos personales me atraían cada vez más, y decidí hacer un segundo documental. Después, han ido viniendo los libros.

No todo el mundo sabe cuánto sacrificio supone dedicar una vida al arte, incluso para aquellos artistas que han tenido suerte, apoyo, oportunidades y reconocimiento temprano, como fue el caso de Chillida. Al haberlo visto desde niña, yo lo sabía y valoraba la grandeza de mi padre, pero quizás no tanto la de mi madre. Este libro me ha llevado a profundizar en su figura hasta llegar a comprender su vida. Él, ella y la obra de Chillida eran tres entidades unidas en una: un único proyecto vital. Considero que este libro es una historia de amor: una historia de amor al arte y una historia de familia.

– Si tuviera que concretar en un rasgo esencial la personalidad de su padre, ¿cuál sería?

La profundidad y la solidez. Pero una profundidad sencilla. Porque la sencillez puede generar hondura cuando la persona realiza, como era su caso, un trabajo constante de seguir ahondando en determinados temas. No necesitaba demasiadas cosas, pero sobre aquellas que le interesaban volvía una y otra vez desde todos los ángulos. De ahí la coherencia entre su persona y su obra, su pensamiento y su quehacer.

Creo que el arte es un gran desconocido. Mi padre entendía su trabajo como una especie de sacerdocio. Yo equiparo su entrega a la que se exige a cualquier deportista de élite. Era un hombre tranquilo y muy convencional, con mucho carácter, humor y genio, pero sin la excentricidad que suele atribuirse a los grandes artistas. Su vida era muy familiar, y su oasis, su casa.

– ¿Qué personas influyeron más en su forma de concebir el arte?

Le pregunté eso a lo largo de nuestras conversaciones y me nombró a Miró. Le encantaba su obra y le dolía que algunos la tildaran de superficial. Admiraba de Miró la coherencia entre individuo y obra. Cuando los descubrió en París, consideraba que Picasso y Miró —así lo dejó escrito en sus cartas— estaban revolucionando el arte. Otros artistas que citaba eran Brancusi, Calder y Giacometti, de quienes fue amigo. Y escritores, pues era un gran lector: Heidegger, Pío Baroja, Jorge Guillén, Emil Cioran o José Ángel Valente.

– Si tuviera que quedarse con una sola obra de su padre, ¿cuál sería?

Le vi poner mucha ilusión en cada pieza que creaba. No solo en las grandes esculturas, sino también en los dibujos, ilustraciones para libros, collages, grabados… Personalmente, me encantan los granitos. El primero es Lo profundo es el aire, que es un verso de Guillén. El granito rosa de la India es pura materia, y él metía el espacio dentro de la materia. Esas obras, al principio, no me resultaban fáciles, pero, a raíz de nuestras conversaciones, las entendí y ahora me parecen extraordinarias. Y, por mencionar otra pieza que me emociona, El peine del viento, que a él también le gustaba especialmente.

– Psicóloga, fotógrafa, cineasta, escritora… ¿en qué ámbito se siente más realizada Susana Chillida?

Desde siempre me ha gustado contar historias. Escribo desde muy joven y sigo haciéndolo, como lo demuestra este libro, con el que he disfrutado mucho. También he desarrollado proyectos educativos sobre arte y desarrollo humano que me han reportado gran satisfacción. No puedo definirme únicamente como cineasta, porque en realidad no he hecho muchas películas, ni solo como escritora. Creo que lo humanístico me engloba, algo en lo que coincido con mi padre. Diría que soy humanista; con eso me siento conforme.

– ¿Con qué sentiría compensado el esfuerzo físico y emocional de publicar Una vida para el arte?

Me sentiría más que compensada si los lectores llegaran a la conclusión de que mis padres eran seres profundamente humanos. A la hora de contar sus vidas, he procurado, como escritora, estar a su altura. Estoy segura de que lo que he contado en el libro a ellos les hubiera parecido bien.


Una vida para el arte. Eduardo Chillida y Pilar Belzunce, mis padres. Susana Chillida. Galaxia Gutenberg. 320 páginas. 21 euros.